medios, internet y política

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19 nov 2021

por Gonzalo Marull

Ilustración: Noe Garin

Quinto poder

Succession: un juego de tronos de la oligarquía mediática planetaria

Una oscura meritocracia de la perversión se despliega a lo largo de toda la narración de Succession. La pelea por el trono en una corporación mediática dirigida por una familia-empresa resuena especialmente en la Argentina.

El filósofo Alain Badiou en un libro llamado Nuestro mal viene de más lejos comparte estadísticas alarmantes sobre el desarrollo desigualitario que hay en el mundo. Según Badiou, el 10% de la población mundial posee el 86% de los recursos disponibles, es una especie de “oligarquía planetaria”. El 50% de la población no posee nada, es la masa de la población desposeída. Queda entonces un 40% que es la denominada clase media, que se reparte, penosamente, el 14% de los recursos restante (y que es quizás el pilar de la democracia, pero a la vez es porosa al racismo, la xenofobia y al desprecio por los desposeídos —sembrado muchas veces desde medios de comunicación—). Del 10% de la “oligarquía planetaria”, el 1% posee el 46% de los recursos disponibles (casi la mitad). De ese 1%, que hasta hace muy poco tiempo permanecía invisible a los ojos del mundo, habla la extraordinaria serie SUCCESSION. Y justamente el eje principal de la serie es un conglomerado de medios de comunicación y entretenimientos (WayStar Royco), una mega corporación, un imperio que pertenece a una sola familia-negocio: los ROY.

La serie pone en el centro un problema eminentemente shakesperiano: la sucesión del trono. Logan Roy, el patriarca, está enfermo y el motor de la narración será saber quién heredará la corona (la máxima jerarquía en la corporación). Pero a Logan poco le importa la corona, él parece disfrutar, desde las sombras, de desactivar complots, destrozar adversarios, ganar más y más dinero, y por lo tanto, más y más poder. Logan es una alquimia perfecta entre Otelo, Lear, Coriolano, Tito Andrónico y Yago, grandes personajes de las tragedias de Shakespeare. Para Logan Roy el capital parece ser una garantía contra la muerte. El  capital  ilimitado genera la ilusión de un tiempo ilimitado. El capital trabaja contra la muerte entendida como una pérdida absoluta. El lenguaje del dinero es precisamente un lenguaje que pretende no tener límites. Es por eso que es un lenguaje loco. Es un lenguaje que presenta un mundo que no tiene ningún límite. Un mundo de deseos ilimitados. 

En Argentina (donde la concentración mediática es extrema) escuchamos una vez a un magnate de medios dar una opinión sobre la Presidencia de la Nación: “puesto menor”, dijo, dando a entender que el poder económico siempre será el que maneje los hilos de una Nación como la nuestra. Por eso nos da la sensación de que WayStar Royco es una empresa que podría vender comunicación o cualquier otro bien, es decir que un poco les da igual qué tipo de mensajes venden, lo que a esta familia-empresa le importa es la acumulación de medios y las emociones como bien de consumo. Este imperio sabe que no se puede consumir   indefinidamente las cosas, pero sí las emociones. Y vender emociones como bien de consumo lxs vuelve tremendamente poderosxs y peligrosxs, y ninguno de los tres poderes del estado podrá contra ellxs. 

En Argentina (donde la concentración mediática es extrema) escuchamos una vez a un magnate de medios dar una opinión sobre la Presidencia de la Nación: “puesto menor”, dijo, dando a entender que el poder económico siempre será el que maneje los hilos de una Nación como la nuestra.

Los paralelismos entre ficción y realidad en SUCCESSION son inquietantes. "No quería una versión falsificada del mundo", dijo el creador de la serie: Jesse Armstrong. Para que el relato fuera verosímil, Amstrong recurrió a consultores especialistas en investigación financiera. Los guionistas terminan teniendo un íntimo conocimiento del mundo corporativo que están describiendo (Rupert Murdoch -FOX-, Summer Redstone -ViacomCBS- y John Malone -DirecTV y News Corporation- podrían haber sido fuente de inspiración), con diálogos cargados de jergas financieras que muestran toda la complejidad y profundidad que también puede tener la palabra en el territorio audiovisual. SUCCESSION vuelve a poner a la palabra en primer plano en una serie de televisión, palabras que son armas de dominación y que producen por oposición silencios que se transforman en manantiales solares. 

Logan Roy (interpretado por un soberbio Brian Cox, actor escocés con una fuerte tradición teatral) tiene una mirada clásica de los medios, para él la televisión es el medio más poderoso. Su heredero natural es Kendall (Jeremy Strong, sublime en su interpretación), personaje central que pretende despegarse de un pasado de adicciones y que intenta introducir a la empresa-familia una perspectiva diferente vinculada a internet y las redes sociales como el presente y futuro de la comunicación. Logan y Kendall parecerían representar también la transición entre dos modalidades diferentes del capitalismo. Kieran Culkin (hermano de Macaulay Culkin) interpreta a Roman, el caótico hermano menor que nos regala los momentos más grotescos de la serie con su cinismo y desfachatez. La actriz australiana Sarah Snook se mete en la piel de Shiv, la única hermana, la única mujer, y la que juega al “juego de tronos” desde otro territorio: el de la política. Shiv está comprometida con el excéntrico Tom (Mathew McFayden en un rol totalmente opuesto al del Sr. Darcy en “Orgullo y prejuicio”), quien también cuenta con un puesto directivo en la sede de la empresa familiar y hace las veces de bufón de la corte. El hijo mayor de Logan, Connor (Alan Ruck), el verdadero primogénito, es un inepto que ni cuenta en la línea sucesoria inestable que la trama va desplegando sin cesar. Alan mantiene una relación con una mujer mucho más joven que él y que es dramaturga (oportunidad para que las citas a Shakespeare se reproduzcan en todos los capítulos y aparezca el espíritu del “teatro dentro del teatro”). El único miembro aparentemente inocente de esta familia es el primo Greg, al que interpreta de manera perfecta, si es que la perfección realmente existe en el territorio del arte, Nicholas Braun. Un personaje pusilánime que te pone los nervios de punta en cada aparición. 

La sucesión de traiciones y gestos cínicos, cada vez más viles, entre los miembros de esta familia, evoca nuevamente el trasfondo trágico shakesperiano que muy bien describe Lear cuando dice: “Los seres perversos parecen hermosos al lado de otros más perversos: no ser lo peor también tiene mérito”. Una oscura meritocracia de la perversión se despliega a lo largo de toda la narración de la serie.

El uso de la banda sonora clásica, en contraste con el vértigo de la trama, es exquisito, un contrapunto que nos permite tomar distancia de esa enajenación de la que sufren los personajes. Todo es armónico, todo tiene ritmo, desde el tema principal (main theme) de la impecable apertura de créditos compuesto por Nicholas Brittel (excelso compositor, candidato al Oscar por la música de Moonlight) hasta los acordes del Réquiem de Mozart cuando parece que la muerte del patriarca es inevitable.

La serie también se permite explorar temas diversos: desde los matrimonios abiertos hasta el acoso sexual, y desde el creciente impacto de las redes sociales en el debate público a la cultura de la cancelación.

El recurso de la cámara al hombro, o cámara móvil, que ha hecho que la serie sea hasta asociada al danés Dogma 95, sugiere una idea de inestabilidad esencial de las cosas, en cualquier momento algo puede pasar, son dueñxs del mundo, pero aún así pueden ganar o perder en milésimas de segundo. Cuesta ubicar a los personajes en un cuadro previsible, no podemos prever las fidelidades y traiciones, la cámara produce un efecto permanente de vértigo, de empuje de los personajes que sólo quieren ganar y ganar, es la gran paradoja de estxs millonarixs, viven todo el tiempo atormentados por el abismo, por la posibilidad de la pérdida. La cámara sigue rigurosamente los gestos y miradas, las sonrisas falsas para las fotos, los silencios incómodos entre rivales que tienen que unirse ocasionalmente para conseguir algo que les conviene a ambos, los desgastantes, agobiantes, compulsivos juegos del poder, para finalmente construir unos  giros dramáticos precisos entre episodio y episodio. Los finales de cada capítulo están cargados de poesía, son angustiantes, hunden la daga en la herida provocada a lo largo de todo el capítulo.

SUCCESSION continúa la tradición de HBO de genealogías familiares como Six Feet Under o Los Soprano, impecablemente narradas con ironía, crueldad y ternura. Pero esta vez se mete con un tema candente en el mundo entero: el de la comunicación como bien de consumo, el de la comunicación sin comunidad.

No es un dato menor que en la serie se mencione dos veces a la Argentina (“Mi bandeja de entrada es del tamaño de la Argentina”, “o cuando casi explotamos por lo de Argentina”). Seguramente lxs creadores saben que en Argentina podemos llegar a entender de primera mano lo que son las familias-empresa que concentran el poder de la producción y los medios. 

SUCCESSION es una serie sobre la ambición, la miseria, la megalomanía, la especulación y las ansias de ejercer poder, que al mostrar lo que no queremos o podemos ver del presente nos termina iluminando el futuro, un futuro despiadado, desconectado y cada vez más desigual.

Las opiniones expresadas en los artículos firmados son las de lxs autores y no reflejan necesariamente los puntos de vista de la revista Plaza ni la Defensoría del Público.